Tú que nunca tuviste la confianza

Tú que nunca tuviste la confianza de darme tu número telefónico. Cuando camines por el parque y te encuentres a un hombre solitario junto a una guitarra que parece no haber sido tocada en semanas, bebiendo de una petaca plateada, no huyas ni le temas pensando que es un extraño vicioso peligroso… Quédate tranquila, pues bien podría ser no un extraño sino tu amigo vicioso y peligroso, que no logró invitarte a beber en el parque porque no te pudo llamar porque no supo tu número telefónico.

Permite tu ignición

¿Quién puede culpar a ese hombre porque pienses tanto en él? Yo no lo culpo, yo te culpo a ti, princesa, por no reconocer tu propio potencial fantástico, joven y bella mujer que fácilmente podría incendiar el mundo con su fuego ultracandente. Así que enciéndete, permite tu ignición, y vuélvete piromaniaca, que incluso yo, solidariamente, estaría dispuesto a ser quemado por ti.

En defensa de los don nadie

Entre la casa blanca puntiaguda y el minipalacio de granito residen cientos de personas cuyas casas no expresan el espíritu inmigrante ni el espíritu trabajador de un lejano pueblo. Huérfanos triste o alegres, o meros tipos ignorantes de la historia de sus padres.
Entre el centro libanés y la asociación catalana, hay un pequeño parque anónimo por «prósperas» comunidades «étnicas» vecinas. Pero esa gente incategorizable, carente de color, leyenda o gentilicio, disfruta plenamente del sublime placer que solo un prado con árboles puede brindar. El no edificio con sus no muros, sus no salones, y sus no oficinas ¿Qué mejor lugar para los no algos?