Tú que nunca tuviste la confianza

Tú que nunca tuviste la confianza de darme tu número telefónico. Cuando camines por el parque y te encuentres a un hombre solitario junto a una guitarra que parece no haber sido tocada en semanas, bebiendo de una petaca plateada, no huyas ni le temas pensando que es un extraño vicioso peligroso… Quédate tranquila, pues bien podría ser no un extraño sino tu amigo vicioso y peligroso, que no logró invitarte a beber en el parque porque no te pudo llamar porque no supo tu número telefónico.

Permite tu ignición

¿Quién puede culpar a ese hombre porque pienses tanto en él? Yo no lo culpo, yo te culpo a ti, princesa, por no reconocer tu propio potencial fantástico, joven y bella mujer que fácilmente podría incendiar el mundo con su fuego ultracandente. Así que enciéndete, permite tu ignición, y vuélvete piromaniaca, que incluso yo, solidariamente, estaría dispuesto a ser quemado por ti.

En defensa de los don nadie

Entre la casa blanca puntiaguda y el minipalacio de granito residen cientos de personas cuyas casas no expresan el espíritu inmigrante ni el espíritu trabajador de un lejano pueblo. Huérfanos triste o alegres, o meros tipos ignorantes de la historia de sus padres.
Entre el centro libanés y la asociación catalana, hay un pequeño parque anónimo por «prósperas» comunidades «étnicas» vecinas. Pero esa gente incategorizable, carente de color, leyenda o gentilicio, disfruta plenamente del sublime placer que solo un prado con árboles puede brindar. El no edificio con sus no muros, sus no salones, y sus no oficinas ¿Qué mejor lugar para los no algos?

Con los Ojos Abiertos

Es suficiente, ya no aguanto más, mírame a los ojos, no seas cobarde, como toda esa gente deliciosa que no puedo lamer porque se resbala de mis manos, haciéndose resbalosa cuando la agarro, a pesar de ser tan rugosa; hazlo ya o no me dejarás otras opción que no sea obligarte a mirarme.   Permíteme mirarte, sentir los haces de luz que reflejan tus ojos verdes chocar contra mis ojos azules ¡Vaneßa! Nuestras miradas juntas son cian.

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Perturbación Psicodélica

Ella

Entro en el salón, en el cual ella se encuentra, sentada sobre un taburete negro, esperando con una apariencia de curiosidad lo que sucederá. Yo le dije que tenía algo importante que darle, que había encontrado. Un libro, ella se ha de imaginar, una más de esas cosas, escritas por terceros metiches e irrelevantes, a las cuales dedica mucho de su tiempo. Ella no sabe que no es libro, pero yo no quise decirle qué era, pues creí que solo esperando más de esos objetos cotideanos ella se acercaría tanto hasta el salón, y esperaría ahí hasta recibir algo.

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